Había una vez, un joven que buscaba a una persona. Esa persona se convertiría en el motivo para cambiar completamente su vida.
Durante su proceso de búsqueda, cambió sus gustos, sus intereses, desarrolló habilidades que no sabía que tenía y frustró muchas más por seguir a esa persona que le motivaba a cambiar su vida, esa vida que se transformó por cada fracaso en sombría, nostálgica, pesada.
¿Cómo no quererla cambiar? Así que fue persona tras persona buscando el motivo que lo sacara de ese constante sufrimiento.
Muchas personas pasaron por su vida y cuando parecía motivarle lo suficiente para cambiar, algo pasaba que se alejaba y regresaba a su estado sombrío, nostálgico, pesado.
De repente comenzó a analizar a esas personas y se dio cuenta que había una, una quien lo aceptaba tras todo fracaso. Esa persona lo recibía cuando él llegaba pero lo alejaba cuando ya no lo necesitaba. El joven no sabía por qué.
Un día, cuando había terminado una relación, el joven le llamó por teléfono a la chica preguntándole cómo estaba, qué estaba haciendo. Ella le respondió: Pensando en que me llamarías pronto y mira, estás al teléfono.
Se disculparon por la última pelea y decidieron regresar.
Una noche, después de ir al cine, caminando en las calles en una madrugada fría, como ninguna en los últimos inviernos, el joven le preguntó: ¿Por qué estás aquí? Y ella le respondió: Tú dime ¿Por qué estás aquí?
Se quedaron callados. No dijeron nada. Cada uno tomó su camino.
Nunca más se volvieron a contactar. Nunca más se llamaron por teléfono. Nunca más se recordaron uno del otro, aunque en pensamiento, la pregunta seguía en el aire. Así por más de cinco décadas.
Con cuerpos cansados, con una vida deshecha, se encontraron en una banca de un parque. No se reconocieron el uno al otro y comenzaron a platicar. Se sentían cómodos, como si se hubieran conocido de toda la vida.
De repente, ella le comentó: Había un muchacho que me buscaba cuando era más joven. Los dos reían y tosían por sus ya cansados pulmones.
Ella continuó: Por mucho tiempo creí que él sería mi compañero de vida. Creí que seríamos el uno para el otro a pesar de nuestras diferencias. Sin embargo algo cambió. Siempre regresábamos, fueron muchas veces. En realidad nunca nos separamos, simplemente nuestros tiempos eran ocupados por otras personas. Pero la última vez que lo vi, hizo una pregunta.
¿Cual fue? - Respondió el señor mostrando una gran ansiedad por saber la respuesta. La Señora le respondió: ¿Por qué estás aquí?
El señor respondió: Esperando esa respuesta, la pregunta que le hizo aquel muchacho. Ella le respondió: ¿Por qué estás aquí? Y él decía lo mismo: Esperando esa respuesta, la pregunta que le hizo aquel muchacho.
Ella continuó: Me recuerda mucho a aquel muchacho que hoy, me imagino, será un señor ya viejo. Me recuerda a él porque siempre esperó mi respuesta y nunca se dio cuenta que la respuesta estaba frente a él todo el tiempo.
Continuó la señora: Cuando me preguntó el por qué estaba allí, simplemente quería abrazarlo. Desgraciadamente aunque lo abracé, seguía indagando esa respuesta, como usted.
El señor se quedó mirando al suelo. No dijo nada por unos instantes. De repente respiró profundo y le dijo a la señora: Quizá necesitaba lo que yo nunca pude encontrar: Aceptación. De eso me di cuenta hace pocos años, cuando mis nietos nacieron y comenzaron a crecer. Ellos me aceptaron como era. Mis hijos también ahora que lo pienso. Y hubo una mujer que antes de conocer a mi esposa, creo que lo había hecho, pero no me di cuenta. No sabía qué era ser aceptado hasta que me acepté a mí mismo.
La señora derramó lágrimas entre sus cansados párpados. Y respondió: Nunca es tarde para escuchar aquello que uno necesitaba escuchar. Espero que aquel joven haya logrado ver eso, y si pudiera tenerlo de frente, le diría que yo lo había aceptado desde siempre, pero no quería seguir con él, y por mucho tiempo me sentí culpable por haberlo dejado ir, pero escuchándolo, tengo esperanza de que haya pensado lo mismo que usted y eso me deja más tranquila ahora que se acerca mi partida de este mundo.
Señora - le respondió el señor - para culpable yo, que la abandoné. Pero si las cosas no hubieran sido así, quizá nunca me hubiera dado cuenta de lo que le acabo de decir y quizá ella y yo sufriríamos lo que siempre: Una constante reconciliación que de seguro la monotonía hubiera roto la oportunidad de ser lo que soy ahora, un ser feliz y espero ella también lo sea.
La conversación duró el tiempo en que sus nietos regresaron por ellos. Se despidieron de mano. Nunca más se volverían a cruzar uno en el camino del otro.
Él a los pocos días falleció por un derrame cerebral y una complicación en los pulmones por su adicción al tabaco. Ella comenzó a sentirse débil y murió de forma natural, sin enfermedad aparente.
No hay un final feliz. Tampoco creo sea triste. Simplemente la vida es sabia y permite realizar acciones, quizá muchas fuera de nuestras manos, para aprender algo en esto que llamamos: Vida.
Autor: Juan Roberto González Coyomani
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