17 de agosto de 2014

3 Cuento en el Camión: Haciendo... nada...

En un transporte público te encuentras muchas cosas: desde una borracho casi a las once de la noche que no puede sostenerse por sí mismo y utiliza a la gravedad de manera involuntaria para no caer, hasta ser víctima de esa misma fuerza casi invisible como es la gravedad y caer por la fuerza del aparato. Sin embargo podemos encontrar situaciones que para algunos nos pega más que a otros, dependiendo de nuestro grado de indiferencia.

Uno de tantos días que he subido a estos monstruos de patas de caucho, rumbo a mi templo de descanso donde encuentro, casi siempre, a mi chaparrita, vi a un señor de varios años de experiencia parado, aferrándose aun tuvo y a sus cansadas piernas a este monstruo manejado por un chofer que en estos momentos no podría ponerle un adjetivo, sin embargo, podría decir que cada cosa se parece asu dueño.

Nadie le daba el asiento, nadie. Recuerdo que los asientos estaban ocupados y que nadie se tomaba la molestia de darle el lugar. Recuerdo hasta la parte de atrás iban tres personas: Una señora que se hacía ver lo que pasaba a su alrededor a través de abertura que deja el cristal tras ser recorrida por ese pequeño riel de plástico para recibir el contaminado aire de la ciudad; Lo que al parecer era su hija que iba dormida, o eso parecía; junto una niña que se me quedaba viendo como si la fuera a asaltar. En el siguiente asiento, una pareja que iba platicando lo que pasó durante el día, la semana, el mes, no lo sé, pero eso sí, con mucha euforia ya que quien le seguía la conversación era una señora que estaba sentada en el solitario asiento junto a la puerta. En el siguiente asiento una señora con su nieto. En el asiento tras el chofer, lo que parecía era su nuera y junto un señor, como de mi edad, sentado y casi haciéndose el dormido, y a menos de quince centímetros, el señor que luchaba por no caer tras cada bache, tras cada acelerada y frenada del cafre del volante.

Es lo que veía. En realidad no es un cuento, sino una denuncia. Me parece que estamos en una era, donde la indiferencia y la individualización se está llevando al extremo. No he de negar que en algunas ocasione no he cedido el asiento, pero cuando sube una persona con poca fuerza o una chava embarazada, me levanto, aunque se me queden viendo raro, aunque mi chaparrita me jale del brazo para que no me levante, no porque no quiera que lo haga, sino porque a veces ella es la que se puede parar y yo pues me quiero levantar y ella es la que lo hace.

La mirada de dolor y el estrés que se le notaba al señor, era evidente y nadie hacía nada, yo no hice nada. Así viajó hasta que se tuvo que bajar. Y nadie, ninguno de nosotros hizo nada.

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