Me han dicho que pienso mucho, también que la pienso mucho, muchas veces más que pienso demasiado, que pienso todo y pienso en la nada, como sea, pero pienso y pienso y parece que se nota o eso pienso.
Pensar es un pecado hoy en día, porque la tranquilidad de la incertidumbre parece ser el mejor consuelo para evitar los cambios, para evitar los problemas, esos que no sólo se quedan en el pensamiento, pensamiento que puede modificarse pero no los hechos, hechos que estarán allí, que están allí, pero que uno decide si en el futuro lo estarán.
Pensar que pensar es algo impensable, resultaría pensar que si pienso, me dificultaría después seguir pensando por la saturación de pensamientos. Sin embargo he descubierto que ese es sólo un pretexto para no pensar, aunque sólo lo pienso, porque mi realidad, esa que seguramente comparto contigo en mayor o menos medida, me dice que no lo haga, que no importa, porque suele ser aburrida, tediosa, aparentemente no afectiva, cuando hasta el afecto es resultado de lo que pienso.
Pensar es un previlegio y no una carga, aunque dependerá de lo que piense mi pensamiento, pensamiento que es mío y de nadie más, ese al que lo han querido dividir, estructurar, explicar, pero que al final de los tiempo sólo pensamiento será.
Pensar que las cosas existen, pensar qué es lo que he hecho, pensar lo que voy a ser, pareciera que a partir de que aprendí a hablar, escribir, platicar, discutir, debatir, escuchar, observar, criticar, y muchas cosas más a lo que muchos llaman experiencia y que me permite conocer más allá de saber, no del saber universal sino ese que se aloja en mi universo o eso pienso; me permite accionar, eso que es lo más complicado del mundo, porque construir y, peor aun, reconstruir el pensamiento, es sólo para los valientes.
Pensar que pienso mucho no es el problema, pensar en lo que vale la pena es todo un reto, pero accionar mi pensar no es tan intrínseco y automático como pensaba, sobre todo cuando me han alimentado culturalmente que no soy capaz de pensar.
Lo malo es que no sabían que a mí, como algunos más, les gusta los retos, porque desde el deportista, la marchanta, el peluquero, el maestro y hasta el esquizofrénico, en fin, todo aquel que sobreviva en esta realidad, recurre a un fragmento de su pensamiento, de lo contrario, la muerte llegaría, porque dejar de pensar, deteriora el cuerpo, ese que nos traslada y que casi vemos, oímos, probamos, olemos y sentimos como objeto y no como persona íntegra, aunque para esta realidad, tuya y mía, siga siendo un objeto, porque es resultado de nuestro pensamiento.
Lo malo es que no sabían que a mí, como algunos más, les gusta los retos, porque desde el deportista, la marchanta, el peluquero, el maestro y hasta el esquizofrénico, en fin, todo aquel que sobreviva en esta realidad, recurre a un fragmento de su pensamiento, de lo contrario, la muerte llegaría, porque dejar de pensar, deteriora el cuerpo, ese que nos traslada y que casi vemos, oímos, probamos, olemos y sentimos como objeto y no como persona íntegra, aunque para esta realidad, tuya y mía, siga siendo un objeto, porque es resultado de nuestro pensamiento.