Todos nos preguntamos: ¿Para qué vivir? Pero pocas veces nos preguntamos: ¿Para qué morir? Es probable que se relacione la pregunta a aquellas personas han intentado quitarse la vida, vida a la que se le visualiza como si fuera el brazo de alguien, o la vista de alguien, o de eso que acosa a tal punto de ser tan insoportable que uno quisiera saber qué hacer para que eso no esté allí y se cree que por quitarlo, todo se soluciona y cuando se experimenta, cae en un dilema en la que un segundo puede ser de lucidez o de resignación, dependiendo la consecuencia ganada como lotería, esa que nunca sale como uno quisiera, a menos que se haga trampa, trampa con la que se paga con la vida y uno se pregunta "¿Para qué morir?" pero es tan poco el tiempo que nunca se sabrá la respuesta.
Cuando uno lo experimenta, y se hace uno la pregunta, y no ha encontrado la respuesta, se sabe, en algunos casos, que esa pregunta hay que postergarla lo más posible. No porque sea mala, sino porque uno se da cuenta que nacen más preguntas que respuestas, y aunque se encontraran respuestas, esas terminan siendo preguntas, preguntas que nos hacen perder el tiempo o se tiene la respuesta cuando no hay tiempo para comunicarla.
Para qué morir, es sólo el inicio, cuando pensamos que es el fin. Sólo los que hemos pasado por algo similar, quienes nos dimos cuenta a tiempo, sabemos que no lo queremos saber hasta dentro de muchos años. Lamentablemente nos quedamos en ese dilema muy parecido al "querer morir" o "querer vivir", en la mejor de las suertes nos encontramos con las preguntas: "Vivir para no morir" o "Vivir para morir". Lo traduzco por si es complicado, eso me dice que no has vivido la muerte tan cerca, o, afortunadamente, lo viste distinto, lo pensaste distinto, lo sentiste distinto. Lo traduzco a dos supuestos: El valiente y El cobarde.
¿Qué eres? ¿Valiente? ¿Cobarde?
En realidad no se sabe hasta que se vive, por lo tanto, se necesita ser muy valiente para experimentar ser cobarde, y mucho miedo para experimentar la valentía.
Si tienes miedo, no hay de otra, tienes que convivir con ello. Si eres valiente, no hay de otra, tienes que convivir con ello. El problema no es entonces preguntarnos "para qué vivir" o "para qué morir", sino la pregunta sería: "Para qué no sentir". Si alguien nos enseñara a sentir, algo distinto, quizá, sólo quizá, se posponga la pregunta: "Para qué morir".
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