Una vez, en un asilo, ancianos platicaban de todo, por lo menos de todo lo que se acordaban y que era probable que lo hayan repetido muchas veces. Sin embargo una de esas historias, a veces, es diferente.
Un anciano, casi como monólogo, comenzó a decir:
- Nadie se fijó en mí. ¡Nadie!
Una viejita que estaba junto le contestaba:
- ¡Estás ciego!
El señor seguía narrando su triste historia:
- Nadie me quiso, ¡Nadie!
Y la señora respondía:
- Aparte ¡Sordo!
Así fue la dinámica. El señor autodevaluándose y ella diciéndole de todo lo que carecía por lo que no se daba cuenta de las tonterías, que según ella, estaba diciendo su compañero.
El viejito volteó hacia ella y le preguntó:
- ¿Tú qué sabes de mí? ¿Tú qué te metes en mi vida?
A lo que respondió:
- He intentado entrar a tu vida desde hace muchos años. Pero te quedaste en el recuerdo de una persona que nunca quiso estar en tu vida, y cuando murió le recuerdas como si viviera y le reclamas aun su rechazo. Le sigues echando la culpa de algo que te corresponde resolver a ti. De algo que ahora me doy cuenta, intenté, estoy intentando resolver algo que... no era mío. Creo que... creo que tengo que ir a mi cama, no me siento bien.
La señora comenzó a llorar camino hacia su cuarto. No dijo nada más.
A otro día comenzó a escuchar el mismo discurso. Sólo que esta vez algo era diferente, sentía algo diferente. Algo le impedía sentir lo que ayer, incluso no recuerda cómo se sentía. Lo único que sabe es que al ver a ese señor, sólo lo quiere acompañar. No sabía por qué.
Al sentarse donde siempre, el señor detuvo su discurso y la observó. Le dijo:
- Hola. Espero tengas un buen día. Gracias.
La anciana no dijo nada. No se atrevió a preguntarle siquiera por qué. Simplemente sintió algo diferente. Por unos segundos supo que antes estaba molesta, hoy, no era lo mismo.
Unos días después, el señor enfermó. Y mientras esperaba sus últimos suspiros, le mandó a llamar. Le dio una carta que pidió leyera hasta que él se recuperara o muriera. La señora no aguantó la curiosidad, así que al ir a su cuarto, abrió el sobre y comenzó a leer.
"Gracias. No sé qué hiciste, pero me hiciste reflexionar estos días. Valoro el que me hayas querido por tantos años. Los reclamos eran para esa persona que no me quiso, pero al final de mis días, me acabo de dar cuenta de algo: Quería que me quisieran como quería, pero no me di la oportunidad de dejarme querer como querían. Si sobrevivo, espero nos podamos querer con lo que cada uno tiene que ofrecer y no con lo que espera del otro".
La anciana corrió al cuarto del señor, pero al querer entrar una enfermera le impidió el paso. Le dijo que había muerto. Ella se sintió muy triste. Sin embargo, comenzó a ver las cosas diferentes. Lo dejó ir. Ella intentó dar el mensaje a los que conocía. Algunos lo aceptaban, otros le decían loca. Hasta que al final de sus días, abrió la carta, y escribió en la parte de atrás:
"Así fui feliz, dejándome vivir para dejar vivir. Mis últimos días fueron los más bonitos de mi vida".
Aprender a desaprender,
siempre,
aprender a des aprehender,
también.
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