2 de febrero de 2015

Día 12: A la deriva

A veces me pregunto si lo que hago vale la pena. ¿Por qué? Simplemente porque lo que hago me gusta pero no sé si valdrá la pena y es que la pena, como la pena de muerte, me hace más ruido que la muerte.

La pena es complicada. La pena es algo que traigo cargando desde que tengo memoria y la única manera de eliminarla, aunque en realidad sólo la he disminuido, es con dejar de tener miedo al ridículo. ¿Cómo? Muy fácil, haciéndolo todo el tiempo.

¿Todo el tiempo soy ridículo? Eso sería ridículo, y no lo ridículo en sí, sino que yo sea ridículo. ¿Por qué? Porque una cosa es hacer el ridículo, otra tener la intensión de ver las dificultades y algunas acciones como ridículas, pero otra muy diferente que sea ridículo. Yo soy quien soy, el que haga ridiculeces, es una parte de mí pero no todo.

A veces me he creído muchas ideas negativas que las he adoptado como parte de mi personalidad y en el peor de los casos, me hice llamar por aquellos adjetivos, porque no entendía que eran eso, adjetivos. Ahora más que nunca valoro las clases de español de la primaria, secundaria y preparatoria. Más vale tarde que nunca, espero no sea demasiado tarde.

¿Por qué a la deriva? Porque acabo de ver un par de películas que me dejaron así, pensando en el pasado y en el futuro. Eso que provocan las historias ficticias, me hace reflexionar de cómo, sin darme cuenta la historia cotidiana me afecta pero no me doy cuenta. Sobre todo, mis propias historias.

Desde hace más de una semana que no escribía, porque me he dado el chance de hacer algo diferente.

Las buenas nuevas es que pronto terminaré un ciclo, y hay cosas que hasta esta publicación se han acomodado para sentirme motivado, aunque con incertidumbre, dejándome a la deriva. Espero tocar tierra antes de tocar fondo. Aunque a veces creo no tiene mucha diferencia.

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